Por qué el mar es salado
Todos lo hemos comprobado por accidente: un revolcón en las olas, un trago involuntario y… ¡puaj! El agua de mar es saladísima. Pero ¿alguna vez te preguntaste de dónde salió toda esa sal? El océano no nació salado: se fue salando gota a gota durante miles de millones de años.
La cifra impresiona: cada litro de agua de mar contiene unos 35 gramos de sales disueltas, más o menos una cucharada sopera y media. Multiplica eso por todos los océanos del planeta y la cantidad de sal disuelta es astronómica.

Imagen: Petar Milošević (CC BY-SA 4.0) vía Wikimedia Commons
La historia de esa sal empieza en las montañas, viaja por los ríos y termina en el mar, de donde ya no sale. Vamos a seguirle la pista, paso a paso.
La lluvia: la gran repartidora de sal
Todo empieza con la lluvia. El agua de lluvia no es pura: al caer atraviesa la atmósfera y disuelve un poco de dióxido de carbono, lo que la vuelve ligeramente ácida. Nada peligroso, pero suficiente para ir disolviendo rocas con el paso del tiempo.
Esa lluvia apenas ácida cae sobre montañas y suelos y va arrancando, gota a gota, los minerales de las rocas. Es un proceso lentísimo —los geólogos lo llaman erosión química—, pero lleva miles de millones de años funcionando sin pausa, sin vacaciones.
Los ríos recogen esos minerales disueltos y los transportan hasta el mar. Cada río del mundo es, sin saberlo, un camión de reparto de sal en ruta permanente hacia el océano. El Amazonas, el Nilo, el Bravo: todos llevan su cargamento invisible.
El agua se va, la sal se queda
Aquí está el truco del asunto: cuando el agua del mar se evapora por el calor del sol, se va como vapor puro. Las sales no se evaporan: se quedan atrás, disueltas en el agua que queda.
Es un sistema de una sola dirección. Los ríos meten sales al océano todos los días del año; la evaporación saca agua pura y deja las sales. Con el tiempo, la concentración sube y sube sin que nada la frene. El mar es, en cierto sentido, una sopa que lleva miles de millones de años reduciéndose al fuego lento del sol.
Por eso los océanos jóvenes de la Tierra primitiva eran mucho menos salados que los de hoy. La salinidad del mar es una cuenta que no ha dejado de sumar desde que existen los océanos.
Los volcanes submarinos aportan lo suyo
Los ríos no trabajan solos. En el fondo del océano, a lo largo de las dorsales oceánicas —las cordilleras submarinas donde nace corteza terrestre nueva—, el agua de mar se filtra entre las rocas calientes, disuelve minerales y vuelve a salir por fumarolas y géiseres submarinos.
Ese intercambio entre el agua y la roca caliente añade más sales al océano y, de paso, retira algunas otras. El océano y la corteza terrestre llevan eones en este tira y afloja químico, ajustando la receta del agua de mar muy despacio.

Imagen: Chris Leipelt (CC0) vía Wikimedia Commons
¿Y por qué los ríos no saben salados?
Si los ríos transportan sales, ¿por qué su agua sabe dulce? Porque el agua de los ríos se renueva constantemente: la que pasa hoy frente a ti, mañana ya está en el mar. Las sales van de paso, no se acumulan. Un río es una banda transportadora, no un almacén.
La prueba de que el mecanismo funciona está en los lagos sin salida al mar. El Mar Muerto, entre Israel y Jordania, recibe agua del río Jordán pero no tiene desagüe: el agua se evapora y la sal se queda. Resultado: es unas diez veces más salado que el océano, tanto que flotas sin ningún esfuerzo.
El Gran Lago Salado de Utah, en Estados Unidos, es otro ejemplo del mismo fenómeno. Donde el agua entra pero no sale, la sal manda. Es la misma física, en versión lago.
La sal de tu cocina también viene de ahí 🧂
La próxima vez que sazones tu comida, piensa en esto: buena parte de la sal de mesa se obtiene evaporando agua de mar en piletas poco profundas llamadas salinas. El sol hace el trabajo gratis, igual que en el océano pero a propósito.
En México, las salinas de Guerrero Negro, en Baja California Sur, están entre las más grandes del mundo: producen millones de toneladas de sal al año con pura evaporación solar. La misma física que sala el océano, puesta a trabajar para tus tacos.
Otras sales vienen de minas subterráneas, que no son otra cosa que antiguos mares evaporados hace millones de años. Cuando comes sal de mina, literalmente estás probando un océano prehistórico. La sal tiene más historia que casi cualquier otro ingrediente de tu cocina.
Datos chidos sobre la sal del mar
- La salinidad promedio del océano es de 35 partes por mil: 35 gramos de sal por cada litro de agua. En el Mar Rojo sube y en el Báltico baja, según la evaporación y los ríos de cada zona.
- La sal de mesa —cloruro de sodio— es la protagonista, pero el agua de mar también lleva magnesio, sulfato, calcio y potasio, entre otros. Por eso sabe distinta a la sal de cocina pura.
- Entre 1872 y 1876, la expedición del HMS Challenger tomó muestras de agua por todo el planeta. El químico William Dittmar analizó 77 de ellas y descubrió algo notable: la proporción entre las distintas sales es casi idéntica en todos los océanos.
- Beber agua de mar no quita la sed: al contrario, deshidrata. Tus riñones necesitarían más agua para expulsar toda esa sal de la que acabas de tomar.
- Si pudieras evaporar todo el océano, la sal restante cubriría los continentes con una capa de decenas de metros de espesor. Hay sal para rato.
Así que cada vez que pruebes el agua del mar —ojalá que por accidente y no por experimento—, estarás saboreando montañas disueltas por la lluvia durante eones, repartidas por ríos y concentradas por el sol. Nada mal para un trago involuntario.
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