El origen del Día de Muertos
Cada 2 de noviembre, México se llena de flores naranjas, veladoras y altares con fotos de los que ya no están. Para muchos extranjeros es «el Halloween mexicano». No podrían estar más equivocados: el Día de Muertos tiene raíces en rituales que se celebraban en Mesoamérica miles de años antes de que existiera Halloween, antes de que llegaran los españoles, antes incluso de que existiera México como país.
Esta es la historia de cómo una fiesta prehispánica sobrevivió a la conquista, se mezcló con el catolicismo y se convirtió en una de las celebraciones más queridas —y más incomprendidas— del mundo.

Imagen: Juanscott (CC BY-SA 4.0) vía Wikimedia Commons
Mucho antes del 2 de noviembre
Los pueblos mesoamericanos celebraban a sus muertos desde hace al menos 3,000 años. Los mexicas tenían dos fiestas dedicadas a los difuntos: el miccailhuitontli («fiesta pequeña de los muertos») y el miccailhuitl («fiesta grande de los muertos»), que caían en el noveno y décimo mes de su calendario, más o menos en lo que hoy es agosto.
Durante esas fiestas se hacían ofrendas, se cantaba, se danzaba y se recordaba a los antepasados. La muerte no se veía como el final trágico que nos enseñó la cultura occidental, sino como una etapa más del ciclo. Los muertos seguían formando parte de la comunidad; simplemente estaban en otro lugar.
Cuando llegaron los evangelizadores españoles, se encontraron con estas celebraciones y, en lugar de prohibirlas (algo casi imposible, dada su arraigo), hicieron lo que la Iglesia hacía en todo el mundo: las movieron al calendario católico. Las fiestas de muertos mesoamericanas se fusionaron con el Día de Todos los Santos (1 de noviembre) y el Día de los Fieles Difuntos (2 de noviembre). Nació el sincretismo que hoy conocemos.
El Mictlán: el inframundo mexica
Para entender la fiesta hay que entender qué creían los mexicas sobre la muerte. No había un cielo y un infierno como en el cristianismo. Al morir, el destino no dependía de si fuiste bueno o malo, sino de cómo moriste.
La mayoría de la gente iba al Mictlán, el inframundo gobernado por Mictlantecuhtli, el señor de los muertos, y su esposa Mictecacíhuatl. Llegar ahí no era gratis: el viaje duraba cuatro años y había que cruzar nueve niveles, cada uno con sus pruebas —ríos, montañas que chocaban, vientos de obsidiana—. Por eso a los muertos se les enterraba con ofrendas y objetos: eran provisiones para el viaje.
Los guerreros caídos en batalla y las mujeres muertas en parto iban al Tonatiuhichan, a acompañar al sol. Los niños iban a un lugar especial. Cada destino tenía su lógica. La muerte era un viaje, y los vivos ayudaban a los muertos a completarlo. Esa idea —acompañar al difunto— es el corazón de la ofrenda moderna. La conquista que transformó estas creencias la puedes leer en La caída de Tenochtitlan: qué pasó realmente.
La ofrenda, elemento por elemento
La ofrenda del Día de Muertos no es decoración: cada elemento tiene un significado, y casi todos tienen raíces prehispánicas.
El cempasúchil (Tagetes erecta), la flor naranja emblemática, ya se usaba en rituales prehispánicos. Su color intenso y su aroma guiaban a las almas de regreso al mundo de los vivos; por eso se hacen caminos de pétalos desde la puerta hasta el altar. Su nombre en náhuatl significa «flor de los muertos».
El pan de muerto, con sus huesitos de masa cruzados, representa el ciclo de la vida y la muerte. Las calaveritas de azúcar, con el nombre del difunto (o de los vivos, en tono de broma), vienen de una tradición colonial que a su vez retomó el gusto prehispánico por las representaciones de cráneos. El papel picado, las veladoras (luz para el camino), el agua (para la sed del viaje), la sal (purificación) y las fotos completan el altar.

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Y la comida: mole, tamales, chocolate caliente, pan, fruta, el plato favorito del difunto. La creencia es que las almas vienen a «espirar» la esencia de los alimentos. Por cierto, ese chocolate de la ofrenda tiene su propia historia milenaria: La historia del chocolate: de México al mundo.
La Catrina: la calavera más famosa del mundo
Ningún símbolo representa mejor al Día de Muertos moderno que La Catrina: la calavera elegante con sombrero de plumas. Pero no nació como símbolo de la fiesta, sino como sátira política.
Su creador fue José Guadalupe Posada, grabador e ilustrador mexicano, que alrededor de 1910-1913 creó «La Calavera Garbancera»: una calavera vestida como dama de la alta sociedad, burlándose de las mujeres mexicanas que renegaban de sus raíces indígenas y pretendían vestir como europeas. Era una crítica social con humor negro.
Décadas después, Diego Rivera la rescató y la bautizó como «Catrina» en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (1947), donde la pintó del brazo del propio Posada. De ahí pasó a la cultura popular y se convirtió en el ícono mundial del Día de Muertos. La frase de Posada resume la filosofía de la fiesta: «la muerte es democrática, ya que a fin de cuentas, güera, morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calavera».
De fiesta local a patrimonio de la humanidad
Durante siglos, el Día de Muertos fue una celebración esencialmente mexicana, con variantes regionales fortísimas: las ofrendas monumentales de Huaquechula en Puebla, la velación en Janitzio, Michoacán, los altares de siete niveles, las comparsas de la Huasteca.
En 2003, la UNESCO proclamó la celebración como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad (inscrita formalmente en la lista representativa en 2008). Y en 2017, la película Coco de Pixar la llevó a todos los rincones del planeta, con una historia que, más allá de la ficción, capturó bien la esencia: la importancia de recordar a los que se fueron.
Hoy el Día de Muertos se celebra en ciudades de todo el mundo, y cada año llegan a México miles de turistas para vivirlo. Pero su corazón sigue siendo el mismo de hace 3,000 años: una noche al año, los muertos regresan, y los vivos los reciben con flores, comida y memoria.
Datos chidos del Día de Muertos
- En algunas comunidades se cree que el 1 de noviembre regresan las almas de los niños («angelitos») y el 2 las de los adultos.
- El cempasúchil solo florece en otoño, justo a tiempo para la celebración. La naturaleza también tiene su calendario.
- En Janitzio, Michoacán, la velación nocturna en el panteón es tan famosa que recibe miles de visitantes cada año.
- La tradición de las «calaveritas literarias» —versos irónicos que anuncian la muerte de personas vivas— se publica en periódicos y escuelas cada noviembre.
- México no es el único país con una fiesta así: en Asia existen el Obon japonés y el Qingming chino, también dedicados a honrar a los antepasados.
El Día de Muertos no celebra la muerte: celebra la memoria. Detrás de cada altar hay una historia familiar, un abuelo, una madre, un amigo al que se extraña. Y detrás de la fiesta hay 3,000 años de historia que sobrevivieron a conquistas, epidemias y globalización. Pocas tradiciones en el mundo pueden decir lo mismo.
